domingo, 30 de junio de 2013

Ellas y yo

Fue en mi último año de preparatoria cuando mis amigas y yo comenzamos a aventurarnos por la vida. Con ellas viví muchas experiencias buenas y, aunque no siempre fueron positivas, yo les encontraba el lado amable. Antes de conocerlas yo era una persona muy solitaria. Me agradaba caminar por los pasillos, escuchar mi música preferida y dirigirme sola a mi aula de clase. Las conocí y mi vida, de ser ordinaria, comenzó a ser divertida. 

Mi amiga Brend vivía a cinco minutos de la escuela y eso era pretexto para siempre ir a su casa. A veces solo nos poníamos a ver películas de terror, pero lo más común que hacíamos era irnos a bailar. A ella y a mí nos agradaba poner el estéreo a todo volumen e inspirarnos con el ritmo de Alberto Barros. A ella le gustaba la banda, pero siempre bailaba conmigo salsa colombiana. Brend bailaba precioso y siempre me hacía reír. Con ella me la pasaba mucho tiempo, y de todas, ella era mi amiga preferida. 

Todos los viernes salíamos a divertirnos. En una temporada solo bebíamos alcohol, pero fue pasajera. Después de varios meses de juntarnos solo Brend y yo, conocimos a Erika. Las fiestas eran amenas en compañía de las dos. No solo eran Brend y Eri las que conformaban mi grupo de amigas, pero para mí, ellas fueron las más importantes.

Para despedirnos fuimos a la Marquesa. Estábamos a unas semanas de terminar el bachillerato. Estaba lloviendo y todas caminamos con el fin de perdernos, pero no fue así. Llegamos muy lejos y hasta encontramos una vaca. Brend bromeaba porque todas estábamos sucias. Aún recuerdo que ese día hice lo que amaba: monté a caballo. No terminaría de contar todas las tonterías que viví al lado de mis amigas, pero cabe mencionar que ese día jugamos algo pesadito y terminé llorando.

Experimenté muchas cosas con ellas. Suena gracioso, pero siempre terminábamos en problemas; sin embargo, adoraba estar con ellas. Aún recuerdo cuando fuimos a una fiesta de espuma y casi me ahogo. Ese día nos perdimos en el metro, no encontré al mesero que me había atendido (se quedó con mi cambio), y en el antro me robaron un anillo de oro. Yo estaba muy enojada, pero aun así, lograron hacerme reír.

Hace poco nos reunimos y fue increíble saber que todas eramos universitarias. Cuando recordamos las tonterías que hacíamos en la preparatoria  es imposible no sonreír. 

domingo, 23 de junio de 2013

Una noche en Blackout

Cuando apenas había cumplido mis 18 años viví una experiencia muy loca. Era diciembre de 2012. Mi mejor amiga festejaría su cumpleaños en un antro que se llamaba Blackout en Zona Rosa. Mis padres no querían que fuera, pero cómo Montserrat les inspiraba mucha confianza me dejaron ir. Los padres de Mont son muy amigos de los míos y por eso mi mamá me pidió que me quedará a dormir en casa de mi mejor amiga para que disfrutara más la fiesta.  
Fuimos juntas a comprar ropa y nos arreglamos en su casa. Yo la maquillé, le arreglé su cabello y pinté sus uñas. Ella hizo lo mismo conmigo. Salimos de su casa a las 20 horas. Los padres de Montserrat nos llevaron al antro. Al llegar vi que los primos de Montserrat nos estaban esperando en la entrada del lugar.
Aún recuerdo que bebimos Jack Daniel's y bailamos toda la noche. El tiempo se nos pasó volando y jamás nos preocupamos por la hora. Nos estábamos divirtiendo mucho, hasta que mi mejor amiga empezó a beber más de lo que su cuerpo le permitía. Me paré a bailar con un primo de ella, pero cuando regresé me di cuenta de que le habían dado un shot. Parecía cucaracha fumigada y eso me asustó. Les grité a sus primos porque se burlaron de ella y eso a mí me molestaba, pero ella me dijo: "Tranquila, Kari, estoy bien solo estoy un poco mareada. Te quiero mucho, loquilla". Nos fuimos del antro y vagamos por Reforma en los automóviles. 
Llegamos a casa de Mont a las cinco de la mañana y sus padres no estaban. Le habían dejado una nota en donde decía: Las esperamos en la Rainosa. No olviden que tienen partido de voleibol". Nos quedamos dormidas y llegamos exactamente antes de que empezará el segundo set. Estábamos mareadas y no tolerábamos las porras de las gradas. Mi mamá se molestó, pero se quedó a vernos jugar. Fue el set más eterno que había jugado, pero ganamos. Por suerte el equipo contrario era novato. Cuando terminó el partido mis papás me regañaron por haber llegado tarde y por oler a alcohol. 
Regresamos a casa de Mont porque le harían una fiesta familiar. Ella y yo nos metimos a su habitación y nos pusimos a jugar Halo en su xbox. La familia de Montserrat bebía y nos invitaba, pero nosotras habíamos bebido toda la noche y ya no queríamos más.

domingo, 16 de junio de 2013

¿Y mi automóvil?

Tenía 16 años y amaba los automóviles. Nunca pensé en el peligro, ni en los riesgos que tendría subirme a uno y manejar de una forma alocada. Acababa de aprender a manejar y eso no era impedimento para que no me atreviera a hacerlo. 
Era primavera de 2010 y tenía que ir a una fiesta con los familiares de mi mamá. En ese entonces no me llamaba la atención bailar, así que decidí salirme de la fiesta con un primo. Yo era muy atrabancada, y él, muy tímido, pero eso no era problema para nosotros. Los dos siempre encontrábamos la forma para divertirnos.
Nos vimos fijamente a los ojos y yo con una sonrisa le insinué que tenía una buena idea. El, con una risa nerviosa me dijo: "Que no se te ocurra Sánchez. Hago todo lo que me digas a excepción de subirme a un automóvil contigo", él sabía perfectamente lo que me traía en manos. 
Yo sabía que no era mala idea así que tomé las llaves del automóvil y me subí. Por un momento llegué a pensar que me iría sola, pero vi que mi primo también se había subido. Yo comencé a reír. Era muy graciosa la cara de angustia que él ponía. No sé a qué le temía, pero estaba asustado. 
Salimos de la cochera y la diversión comenzaría. No tenía experiencia, pero estaba segura de lo que hacía. En lo único que pensaba era en manejar. Era una novata detrás del volante con ganas de pisar el acelerador. Cuando estábamos a punto de salir a carretera escuchamos que un tráiler nos pitaba. Me orillé para ver quién era la persona que estaba manejando la máquina, pero no logré ver bien el rostro. Iba a arrancar el auto nuevamente, pero escuché la vos de mi tío gritar: "¡Karime deja eso y ven a sentir la verdadera adrenalina!", me emocioné mucho. Estacione el automóvil en un lugar donde no estorbara y me subí al tráiler con mi primo. 
Mi tío me dejó manejar la enorme máquina. Tenía miedo, pero no le tomé importancia a mi estómago que me exigía abortar la misión. Comencé a mover el tráiler y mi tío, emocionado, me decía que hacer para no perder el control del volante.
Cuando llegué a la casa y me baje del lado del piloto del tráiler, las miradas se fijaron en mí. Mi mamá me sonrió y mi papá desconcertado me preguntó: “¿Y mi automóvil?”, fue gracioso el tono de su voz.

domingo, 9 de junio de 2013

¿Noche de paz, noche de amor?

Cuando yo tenía 13 años mi padre me dijo: El trabajo es primero. Era la época de Navidad y yo tenía la esperanza de convivir con él. Los preparativos eran amenos. Comeríamos pavo y bailaríamos al ritmo del mariachi. Me di cuenta de que era el día más esperado por mí en esas vacaciones y nunca pensé que se convertiría en un tormento. Mi padre llegó serio a casa y se dirigió a la sala para poder platicar a gusto con mi madre. Yo los veía, pero no hice nada por acercarme a ellos. Mi familia y yo continuábamos trabajando para que esa noche fuera placentera. Mi padre estaba en casa y yo pensaba que no se iría.
Diez minutos serían los únicos que disfrutaría de su presencia. Una llamada cambió los planes para la noche. Se despidió de mi madre con un beso, me volteo a ver, me sonrió y se fue de casa. Yo noté en sus ojos preocupación, pero intenté relajarme y seguir rellenado la piñata de siete picos. No estaba enojada, ni estaba triste, solo pensaba que era una desgracia no convivir con él otra vez en Navidad. Era de noche y toda mi familia estaba arreglada. Los regalos, listos en el árbol, resaltaban la brillante luz que entonaba Noche de Paz.
Eran las 11 de la noche y mi padre no regresaba. Pensé que no festejaría con nosotros, pero el timbre sonó y su llegada impresionó a mi madre. Yo me emocioné; sin embargo, vi que una lágrima se derramó en el rostro de mi madre. Cambió mi estado de ánimo repentinamente y no quise enterarme de lo que estaba pasando, pero mi padre lo comentó. Su camión había sido robado, no logró recuperarlo y su chófer estaba desaparecido. La celebración no se canceló, pero el ambiente era incómodo. El mariachi estaba cantando y yo decidí disfrutar de la noche. Mis padres a lo lejos platicaban y yo bailaba con mi hermana.
La noche terminó. Mi padre amaneció tranquilo y mi madre estaba contenta. Fue extraño. No entendía porque eran tan bipolares. Un día los veía disgustados, y al otro estaban felices. Todo se había arreglado, pero mi padre se iría de nuevo. Nunca supe cómo se arregló la situación. Saldríamos rumbo a Querétaro. Mi padre no fue y yo resignada recordé su frase: El trabajo es primero. Ya no pensé en más. Sabía que una Navidad en compañía de mi padre, que fuera tranquila, era un lujo que quizá algún día me daría.

domingo, 2 de junio de 2013

El caballo blanco

Yo tenía nueve años. Mi familia y yo estábamos en un rancho en Irapuato. Mi mamá montaba a caballo y yo, emocionada, la veía. El viento despeinaba su cabello y el único sonido que yo lograba escuchar eran los pisotones del caballo blanco. Despertaron mis ganas por querer montar. Quería verme como mi mamá, pero ese día me quedé con las ganas.
A la mañana siguiente me desperté con la ilusión de que me dejaran montar un caballo. Le comenté a mi mamá, pero se negó. Me puse triste y corrí a la caballeriza llorando. Quizá fue muy atrabancado, pero decidí hacerlo. Tomé la rienda del mismo caballo que solía montar mi mamá. Aquel caballo blanco me gustaba mucho, le acaricié la cabeza y poco a poco me subí a la silla. Me quedé estática y empecé a tener miedo. El caballo no se movía, pero aun así la inseguridad me atormentaba.
Todo estaba tan solo. Yo no quería bajarme, pero también pensaba mucho en hacerlo correr. No sabía cómo controlarlo. Vi a mi mamá correr, a pie, a lo lejos. Escuche que gritaba algo. Me puse nerviosa y le pegué al caballo en sus costillas. Empezó a correr y yo no sabía a dónde se dirigía. Intenté recordar lo que mi mamá hacía cuando montaba. Me senté derecha en la silla he intenté hacer sus mismos ademanes. Sentí un jalón. El caballo frenó bruscamente y caí al suelo. Mi mamá se acercó, y cuándo se cercioró de que estaba bien me regañó. Me llevaron al hospital porque tenía una molestia en mi cadera. El doctor me dijo que no tenía que preocuparme. El golpe me dejo varios moretones, pero no tenía ninguna lesión grave.
Cuando llegamos a casa mi mamá me dio dos bofetadas. No quise llorar, pero ganas no me faltaron. Me prohibió acercarme a las caballerizas así que esperé a que mi mamá se descuidara para ver al caballo. Ya no lo quería montar.
Estaba dolorida, pero ese caballo me gustaba mucho. Mi mamá me vio. Pensé que me iba a pegar. Me asusté. Se acercó a mí y me dijo: Tú no entiendes ¿verdad? No le contesté nada.
Cinco minutos de silencio bastaron para que ella tomara la decisión de enseñarme a montar. Me sentí segura cuando las dos cabalgamos juntas. No soportaba el dolor, pero no quería que el día acabara. Yo había anhelado tanto ese momento que no importaron las molestias en mi cadera.