domingo, 2 de junio de 2013

El caballo blanco

Yo tenía nueve años. Mi familia y yo estábamos en un rancho en Irapuato. Mi mamá montaba a caballo y yo, emocionada, la veía. El viento despeinaba su cabello y el único sonido que yo lograba escuchar eran los pisotones del caballo blanco. Despertaron mis ganas por querer montar. Quería verme como mi mamá, pero ese día me quedé con las ganas.
A la mañana siguiente me desperté con la ilusión de que me dejaran montar un caballo. Le comenté a mi mamá, pero se negó. Me puse triste y corrí a la caballeriza llorando. Quizá fue muy atrabancado, pero decidí hacerlo. Tomé la rienda del mismo caballo que solía montar mi mamá. Aquel caballo blanco me gustaba mucho, le acaricié la cabeza y poco a poco me subí a la silla. Me quedé estática y empecé a tener miedo. El caballo no se movía, pero aun así la inseguridad me atormentaba.
Todo estaba tan solo. Yo no quería bajarme, pero también pensaba mucho en hacerlo correr. No sabía cómo controlarlo. Vi a mi mamá correr, a pie, a lo lejos. Escuche que gritaba algo. Me puse nerviosa y le pegué al caballo en sus costillas. Empezó a correr y yo no sabía a dónde se dirigía. Intenté recordar lo que mi mamá hacía cuando montaba. Me senté derecha en la silla he intenté hacer sus mismos ademanes. Sentí un jalón. El caballo frenó bruscamente y caí al suelo. Mi mamá se acercó, y cuándo se cercioró de que estaba bien me regañó. Me llevaron al hospital porque tenía una molestia en mi cadera. El doctor me dijo que no tenía que preocuparme. El golpe me dejo varios moretones, pero no tenía ninguna lesión grave.
Cuando llegamos a casa mi mamá me dio dos bofetadas. No quise llorar, pero ganas no me faltaron. Me prohibió acercarme a las caballerizas así que esperé a que mi mamá se descuidara para ver al caballo. Ya no lo quería montar.
Estaba dolorida, pero ese caballo me gustaba mucho. Mi mamá me vio. Pensé que me iba a pegar. Me asusté. Se acercó a mí y me dijo: Tú no entiendes ¿verdad? No le contesté nada.
Cinco minutos de silencio bastaron para que ella tomara la decisión de enseñarme a montar. Me sentí segura cuando las dos cabalgamos juntas. No soportaba el dolor, pero no quería que el día acabara. Yo había anhelado tanto ese momento que no importaron las molestias en mi cadera.

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