domingo, 9 de junio de 2013

¿Noche de paz, noche de amor?

Cuando yo tenía 13 años mi padre me dijo: El trabajo es primero. Era la época de Navidad y yo tenía la esperanza de convivir con él. Los preparativos eran amenos. Comeríamos pavo y bailaríamos al ritmo del mariachi. Me di cuenta de que era el día más esperado por mí en esas vacaciones y nunca pensé que se convertiría en un tormento. Mi padre llegó serio a casa y se dirigió a la sala para poder platicar a gusto con mi madre. Yo los veía, pero no hice nada por acercarme a ellos. Mi familia y yo continuábamos trabajando para que esa noche fuera placentera. Mi padre estaba en casa y yo pensaba que no se iría.
Diez minutos serían los únicos que disfrutaría de su presencia. Una llamada cambió los planes para la noche. Se despidió de mi madre con un beso, me volteo a ver, me sonrió y se fue de casa. Yo noté en sus ojos preocupación, pero intenté relajarme y seguir rellenado la piñata de siete picos. No estaba enojada, ni estaba triste, solo pensaba que era una desgracia no convivir con él otra vez en Navidad. Era de noche y toda mi familia estaba arreglada. Los regalos, listos en el árbol, resaltaban la brillante luz que entonaba Noche de Paz.
Eran las 11 de la noche y mi padre no regresaba. Pensé que no festejaría con nosotros, pero el timbre sonó y su llegada impresionó a mi madre. Yo me emocioné; sin embargo, vi que una lágrima se derramó en el rostro de mi madre. Cambió mi estado de ánimo repentinamente y no quise enterarme de lo que estaba pasando, pero mi padre lo comentó. Su camión había sido robado, no logró recuperarlo y su chófer estaba desaparecido. La celebración no se canceló, pero el ambiente era incómodo. El mariachi estaba cantando y yo decidí disfrutar de la noche. Mis padres a lo lejos platicaban y yo bailaba con mi hermana.
La noche terminó. Mi padre amaneció tranquilo y mi madre estaba contenta. Fue extraño. No entendía porque eran tan bipolares. Un día los veía disgustados, y al otro estaban felices. Todo se había arreglado, pero mi padre se iría de nuevo. Nunca supe cómo se arregló la situación. Saldríamos rumbo a Querétaro. Mi padre no fue y yo resignada recordé su frase: El trabajo es primero. Ya no pensé en más. Sabía que una Navidad en compañía de mi padre, que fuera tranquila, era un lujo que quizá algún día me daría.

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